Conocer al bebé

Una frase que comúnmente escuchamos cuando se acerca el nacimiento de un bebé es el típico "ya lo quiero conocer". Ya en el post anterior hablamos de los sentidos y de cómo valoramos la vista por encima de los otros cuatro. Sin embargo, una madre no tiene que esperar nueve meses (cuando mucho) para conocer a su hijo o hija. Lo empieza a hacer desde que lo lleva en el vientre porque es ahí donde comienza su relación personal con él o ella. 

Los papás de dos o más hijos ya han podido ver las grandes diferencias de conducta de los hijos antes de nacer. El embarazo es ese tiempo mágico que nos despierta la sensibilidad para estar atento al nuevo ser humano que llega a cambiar nuestra vida (y cambiarnos a nosotros).

Los padres y quienes siguen de cerca el embarazo también pueden empezar a conocer a ese bebé que se desarrolla dentro del útero. Al momento que nace, ya tenemos una idea sobre aquella persona, a la que finalmente vemos de frente, lo tenemos en brazos, escuchamos, olemos.

Pero, ¿acaso podemos decir que conocemos a alguien porque ya lo vimos, lo escuchamos, lo olimos y tocamos? Bueno, en cierto nivel sí lo conocimos. Pero, ¿es a ese nivel al que vamos a conocer a nuestros hijos? No. La idea (y lo natural) es que conozcamos a ese bebé como nuestra palma de la mano. No solo eso, sino que formemos una profunda relación con él. Conocerlo no será suficiente para brindar la plataforma que necesita para su desarrollo. El bebé viene de 9 meses de contacto permanente con su mamá. De escuchar cada cosa que dice, sus latidos, el flujo de su sangre, sentir el ritmo de su caminar, cuando está activa y cuándo descansa, etcétera. Al nacer, lo natural es continuar con esta cercanía, simplemente ahora desde fuera de ella. En psicología se le llama simbiosis al tipo de relación que se forma entre el bebé y su mamá. Ella le presta su ojos para ver el mundo a través de ellos y su corazón para sentir el mundo a través de él. Pero, ¿cuál es el primer requisito para formar esta relación de apego? Tiempo, tiempo, tiempo. Vivir juntos, compartir la vida. Prestar nuestra vida al bebé.

Solo así podemos conocer realmente a esta nueva persona, entender sus ruidos, sus gestos, su mente, su corazón. Y es así como vamos a poder ser para él unos papás presentes y una base segura desde la cuál explore ese mundo desconocido que se desvela ante sus ojos.

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